Las investigaciones sugieren que a las personas jóvenes y activas se les diagnostica cada vez más osteoartritis a edades mucho más tempranas de lo que muchos creen. He visto sus efectos de primera mano entre mis propios amigos.
Una de ellas, una ávida corredora de maratón, desarrolló osteoartritis en etapa 2 a mediados de sus 30 años. Varias figuras públicas conocidas, como Robbie Williams, Tiger Woods y Andy Murray, también han hablado abiertamente sobre haber padecido esta enfermedad siendo relativamente jóvenes.
La osteoartritis suele descartarse como una consecuencia inevitable del envejecimiento, pero puede mermar la calidad de vida a cualquier edad. Puede convertir actividades cotidianas como caminar, subir escaleras o hacer ejercicio en desafíos dolorosos.
Más de 600 millones de personas en todo el mundo viven con osteoartritis, y sus factores de riesgo son diversos. Entre ellos se incluyen la obesidad, el envejecimiento, los trastornos metabólicos, la inflamación crónica, las lesiones articulares previas y el estrés mecánico repetitivo.
Para las personas más jóvenes, la osteoartritis puede ser especialmente devastadora. El dolor y la rigidez pueden limitar la actividad física durante los años en que el trabajo, el cuidado de otras personas y la vida familiar suelen ser más exigentes.
Puede afectar la salud mental, limitar las opciones profesionales y reducir la capacidad de mantenerse activo, lo que a su vez aumenta el riesgo de otras enfermedades crónicas. A diferencia de los adultos mayores, los pacientes más jóvenes también pueden enfrentar décadas de manejo de síntomas y tratamientos repetidos.
La osteoartritis se desarrolla cuando el cartílago liso que amortigua las articulaciones se desgasta gradualmente. Normalmente, el cartílago actúa como amortiguador, permitiendo que los huesos se muevan suavemente unos sobre otros.
A medida que se desgasta, las articulaciones pierden esta protección. Las superficies óseas comienzan a rozarse, lo que provoca dolor, rigidez y los crujidos o chirridos que muchos mencionan en broma, hasta que la incomodidad se vuelve imposible de ignorar.
La afección no aparece de la noche a la mañana. La osteoartritis suele tardar años, e incluso décadas, en desarrollarse. Los primeros síntomas suelen ser sutiles y fáciles de ignorar: dolor leve de rodilla después de la actividad, rigidez que se alivia con el movimiento o molestias intermitentes. Muchas personas no acuden al médico hasta que el dolor se vuelve persistente y el daño articular ya está avanzado.
Actualmente, el tratamiento se centra en controlar los síntomas en lugar de revertir la enfermedad. Esto incluye terapia de ejercicios, alivio del dolor e inyecciones terapéuticas.
Estas inyecciones pueden incluir plasma rico en plaquetas, elaborado a partir de una porción concentrada de la sangre del propio paciente y que contiene factores de crecimiento que se cree que favorecen la reparación tisular. Otras utilizan vesículas derivadas de plaquetas, diminutas partículas liberadas por las plaquetas que transportan señales biológicas implicadas en la inflamación y la cicatrización.
Sin embargo, la mayor parte de la evidencia sobre los enfoques basados en vesículas proviene actualmente de estudios en animales, incluyendo modelos de rata, y aún no se utilizan de forma rutinaria en la práctica clínica humana. También se puede inyectar ácido hialurónico. Se trata de una sustancia gelatinosa presente de forma natural en el líquido sinovial que ayuda a lubricar y amortiguar la articulación.
Estos tratamientos buscan reducir el dolor o mejorar la movilidad articular, en lugar de reparar el cartílago dañado. En algunas personas, brindan un alivio temporal. Sin embargo, cuando el daño articular se agrava, el reemplazo articular total puede ser la única opción disponible.
¿Pero qué pasaría si la osteoartritis pudiera detectarse mucho antes, antes de que aparecieran el dolor y el daño irreversible?
La prevención y la intervención tempranas tienen el potencial de reducir el dolor, preservar la movilidad y reducir significativamente los costos de atención médica. El desafío siempre ha sido identificar la osteoartritis a tiempo para poder actuar.
Diagnóstico temprano
Aquí es donde las tecnologías de diagnóstico emergentes podrían eventualmente ofrecer un gran avance. Cada compuesto químico del cuerpo tiene una estructura molecular única y, al analizarse, produce un patrón distintivo conocido como “huella espectral“.
Esta huella refleja la composición química de una muestra, como el suero sanguíneo. En personas con osteoartritis, los investigadores han observado cambios sutiles en la inflamación, el metabolismo y la renovación tisular que pueden alterar este perfil químico.
Una forma de estudiar estas huellas dactilares es mediante una técnica llamada espectroscopia infrarroja por transformada de Fourier de reflexión total atenuada. A pesar de su nombre intimidante, el principio es sencillo.
Una pequeña muestra de sangre se expone a luz infrarroja, y la forma en que se absorbe proporciona información sobre los tipos de moléculas presentes. Los cambios en proteínas, lípidos y otras biomoléculas pueden dejar rastros medibles, que los investigadores están investigando como posibles indicadores de osteoartritis.
Estos enfoques aún se utilizan ampliamente en entornos de investigación y aún no forman parte de la atención clínica habitual. Incluso en esta etapa inicial, esta investigación es importante porque podría permitir identificar el riesgo de osteoartritis de forma más temprana, cuando los cambios en el estilo de vida y las intervenciones específicas tienen mayor probabilidad de proteger la salud articular.
Al combinar este enfoque con el análisis computacional, los investigadores pueden identificar patrones químicos complejos asociados con enfermedades. En la práctica, esto implica comparar muestras de sangre de personas con y sin osteoartritis y detectar diferencias invisibles a simple vista.
También se pueden utilizar enfoques similares con otras técnicas de laboratorio, incluidos métodos basados en espectroscopia y herramientas de biología molecular, para identificar biomarcadores vinculados a la enfermedad articular temprana. Este tipo de detección temprana podría transformar el tratamiento de la osteoartritis. Identificar el riesgo antes de que los síntomas se agraven permitiría a las personas actuar con mayor rapidez mediante ejercicio específico, control de peso, prevención de lesiones y estrategias de tratamiento personalizadas.
La osteoartritis no tiene por qué significar décadas de dolor y limitación. Al centrarnos en el tratamiento en etapas avanzadas y en la detección y prevención tempranas, podríamos cambiar la trayectoria de la enfermedad y mejorar la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.
Fuente: Science Alert.
