Cuando escuchamos ciertos sonidos, nuestro cerebro suele asociarlos con formas específicas. Por ejemplo, la mayoría de las personas asocia una palabra aguda con una forma irregular y puntiaguda, mientras que una palabra suave y ondulante se asocia con algo liso y curvo. Este fascinante fenómeno se conoce como el efecto bouba-kiki.
El nombre proviene de un experimento clásico de psicología en el que se muestran dos dibujos: uno redondo y bulboso, y el otro afilado y puntiagudo. Al preguntarles qué forma es bouba y cuál es kiki (ambas palabras inventadas sin significado real), la mayoría elige la forma redonda para bouba y la puntiaguda para kiki.
Durante mucho tiempo, los científicos han debatido si esta es una asociación que aprendemos al crecer y empezar a hablar. Sin embargo, un artículo reciente publicado en la revista Science demostró que los pollitos también pueden asociar espontáneamente estos sonidos con formas. Esto sugiere que esta capacidad podría ser, al menos en parte, innata y no una habilidad humana adquirida.
Emparejar sonidos con formas
Investigadores de la Universidad de Padua en Italia entrenaron a polluelos de tres días para encontrar una recompensa alimentaria detrás de un panel que tenía un dibujo de una forma neutra (mitad puntiaguda, mitad redonda).
Posteriormente, mostraron a los pollitos dos paneles nuevos a la vez: uno redondo y otro con forma puntiaguda. Simultáneamente, los altavoces reproducían repetidamente “bouba” o “kiki”. Al oír el sonido de “kiki”, los pollitos se dirigían constantemente hacia la forma puntiaguda y, al oír el sonido de “bouba”, hacia la redonda. Y todo esto lo hicieron a pesar de no haber sido entrenados para relacionar los sonidos con las formas.
El equipo repitió el experimento con polluelos de menos de un día, aunque esta vez sin entrenamiento ni recompensas. Al igual que en el primer experimento, exploraron la forma puntiaguda al oír “kiki” y la forma redonda al oír “bouba”.
Los investigadores eligieron polluelos como modelo experimental debido a su precocidad. Esto significa que alcanzan la madurez y la movilidad poco después de la eclosión, y han tenido pocas oportunidades de aprender asociaciones de sonidos y formas del mundo exterior.

Habilidad innata
El equipo cree que, dado que las aves y los mamíferos son parientes lejanos (compartiendo un ancestro común hace unos 300 millones de años), el efecto bouba-kiki no es solo una peculiaridad de nuestro lenguaje. En cambio, podría ser un antiguo principio organizador del cerebro que ayuda a los animales a desenvolverse en el mundo, como señala el equipo en su artículo: “Nuestros datos sitúan el origen de la correspondencia intermodal sonido-forma [la capacidad del cerebro para vincular información de diferentes sentidos] en las primeras etapas de la vida, lo que posiblemente sugiere un mecanismo predispuesto e independiente de la experiencia”.
Los científicos sugieren que, dado que encontraron esto en polluelos, estudios futuros deberían examinar otras especies para determinar qué tan extendido puede estar el efecto bouba-kiki.
Fuente: Phys.org.
