Los factores ecológicos, no el comportamiento social, influyen en el tamaño del cerebro de los cefalópodos

Biología

Según un nuevo estudio publicado hoy en iScience, los pulpos, los calamares y las sepias podrían haber desarrollado cerebros grandes debido a los desafíos que les planteaban sus entornos, más que a las exigencias de la vida social.

Los hallazgos ponen en entredicho una de las explicaciones más influyentes sobre la evolución de la inteligencia: la hipótesis del cerebro social, que sostiene que los cerebros más grandes evolucionaron principalmente para gestionar relaciones sociales complejas.

Los cerebros están vinculados a la complejidad del hábitat

Si bien la hipótesis del cerebro social ha recibido amplio respaldo en estudios de mamíferos y aves, los investigadores no hallaron evidencia de que la vida social esté asociada con un mayor tamaño cerebral en los cefalópodos. En cambio, las especies que habitan en entornos marinos menos profundos y más complejos tienden a tener cerebros más grandes que aquellas que viven en hábitats más profundos o en mar abierto.

El estudio, titulado “Factores ecológicos, no sociales, explican el tamaño del cerebro en los cefalópodos”, analizó datos sobre el tamaño del cerebro, la ecología, el comportamiento y la historia de vida de 79 especies de pulpos, calamares y sepias.

Los cefalópodos poseen algunos de los cerebros más grandes en relación con su tamaño corporal entre los invertebrados y exhiben comportamientos sofisticados, como la resolución de problemas, la navegación, el uso de herramientas, el camuflaje y complejas estrategias de caza. Sin embargo, a diferencia de muchos mamíferos y aves, la mayoría de las especies viven en gran medida en solitario, con poca experiencia en las exigencias de la vida social, como las intrincadas jerarquías de dominancia y el aprendizaje cultural.

Los investigadores descubrieron que los factores ecológicos estaban más estrechamente relacionados con el tamaño del cerebro que las medidas de sociabilidad. Las especies que viven en hábitats poco profundos, en el fondo marino o cerca de él, tienden a tener cerebros más grandes, mientras que las especies que viven a mayores profundidades generalmente tienen cerebros más pequeños. Los autores sugieren que los entornos más ricos y diversos pueden ofrecer más calorías y generar mayores exigencias cognitivas al requerir que los animales naveguen por hábitats complejos, localicen alimentos y respondan de manera flexible a los depredadores y a las condiciones cambiantes.

Una ruta asocial hacia la inteligencia

Los hallazgos respaldan la hipótesis del cerebro asocial, que propone que los cerebros grandes pueden evolucionar en especies mayoritariamente solitarias cuando los desafíos ambientales favorecen el aprendizaje, la resolución de problemas y la flexibilidad conductual. Los investigadores argumentan que los cefalópodos constituyen un valioso caso de estudio para comprender la evolución de la inteligencia, ya que desarrollaron cerebros grandes de forma independiente de los vertebrados y siguieron una trayectoria evolutiva diferente a la de los mamíferos y las aves, que poseen estructuras sociales complejas.

Resumen gráfico. Crédito: iScience (2026). DOI: 10.1016/j.isci.2026.116324.

El investigador principal, Michael Muthukrishna, profesor de psicología económica en la London School of Economics y la Universidad de Nueva York, comentó: “Durante décadas, la principal explicación de por qué los cerebros se hicieron grandes ha sido social, según la cual los cerebros más grandes evolucionan para gestionar grupos más grandes y complejos. Los cefalópodos revelan que existe otra vía para desarrollar cerebros más grandes. Suelen ser solitarios, de vida corta, a veces incluso caníbales, y sin embargo tienen cerebros grandes y un comportamiento inteligente”.

Nuestra investigación comenzó con un modelo matemático que desarrollamos hace años para explicar la evolución del cerebro humano, el cual predecía una segunda vía hacia cerebros grandes. Los animales solitarios podrían desarrollar cerebros grandes si su entorno fuera lo suficientemente rico y complejo como para recompensar el aprendizaje. Los pulpos, los calamares y las sepias nos permitieron poner a prueba esa predicción, y los datos la confirmaron. Resulta que existe más de una vía para la evolución de la inteligencia.

La profesora Jennifer Mather, de la Universidad de Lethbridge y una de las investigadoras principales, añadió: “Esto debería recordarnos que siempre hay que cuestionar los dogmas científicos y que, una vez más, demuestra que los cefalópodos no siguen las trayectorias evolutivas predecibles”.

El estudio se basa en lo que los autores describen como la base de datos comparativa más completa jamás recopilada para especies de cefalópodos con datos cerebrales disponibles. Los investigadores afirman que los hallazgos amplían la comprensión de cómo evoluciona la inteligencia y sugieren que la complejidad ambiental podría desempeñar un papel más importante en la evolución del cerebro de lo que se creía anteriormente.

Fuente: Phys.org.

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