Este medicamento sigue encontrando nuevos usos tras seis décadas de servicio

Salud y medicina

La metformina tiene argumentos sólidos para ser considerada uno de los medicamentos más influyentes del siglo pasado. Durante décadas, ha sido la base del tratamiento de la diabetes tipo 2, ha ayudado a millones de personas a controlar su nivel de azúcar en sangre y ha inspirado una segunda vida en la investigación sobre temas que van desde el envejecimiento y el cáncer hasta la salud cardíaca y la fertilidad.

Su historia no comienza en un laboratorio, sino en una planta, la Galega officinalis, también conocida como lila francesa o ruda cabruna. Durante siglos, esta planta se utilizó en remedios populares para síntomas que hoy reconocemos como asociados a la diabetes, como la sed excesiva y la micción frecuente.

A principios del siglo XX, los científicos aislaron de ella compuestos que reducían el nivel de azúcar en sangre. Tras años de perfeccionamiento y pruebas, la metformina se consolidó como un medicamento relativamente seguro y eficaz, y se introdujo en el Reino Unido a finales de la década de 1950. Los ensayos clínicos a gran escala, que son estudios cuidadosamente diseñados en personas para probar la eficacia de los tratamientos, confirmaron lo que muchos médicos ya sospechaban.

La metformina no solo era eficaz para reducir la glucosa, la principal forma de azúcar en el cuerpo, sino también para disminuir las complicaciones relacionadas con la diabetes. Se convirtió en el tratamiento principal para la diabetes tipo 2 en gran parte del mundo.

La metformina es un fármaco biguanida, una clase de medicamentos que reducen el azúcar en sangre, y actúa ayudando al cuerpo a utilizar la insulina de forma más eficaz. La insulina es la hormona que ayuda a transportar la glucosa del torrente sanguíneo a las células para obtener energía.

La metformina reduce la cantidad de glucosa liberada por el hígado, mejora la forma en que los músculos absorben la glucosa de la sangre y reduce la cantidad de glucosa que se absorbe de los alimentos en el intestino. La metformina también activa una enzima llamada AMPK, a menudo descrita como el sensor de energía de la célula. Las enzimas son proteínas que ayudan a que se produzcan reacciones químicas en el cuerpo.

Cuando se activa la AMPK, reduce la producción de glucosa nueva por parte del hígado, un proceso llamado gluconeogénesis, y estimula a tejidos como el muscular a captar y utilizar más glucosa. A diferencia de otros medicamentos para la diabetes, la metformina no suele provocar aumento de peso y, por sí sola, rara vez causa hipoglucemia.

La sólida reputación de la metformina también ha llevado a los investigadores a explorar posibles usos más allá de la diabetes, aunque la evidencia es contradictoria. Un uso común fuera de las indicaciones aprobadas, es decir, que un medicamento se prescribe para una afección para la que no ha sido aprobado oficialmente, es el síndrome de ovario poliquístico (SOP).

Muchas personas con SOP presentan resistencia a la insulina, lo que significa que sus cuerpos no responden adecuadamente a esta hormona y necesitan producir más para mantener estables los niveles de glucosa en sangre. Los altos niveles de insulina pueden estimular a los ovarios a producir más andrógenos, un grupo de hormonas que incluye la testosterona.

Los niveles elevados de andrógenos pueden alterar la ovulación y contribuir a la irregularidad o ausencia de la menstruación. Al mejorar la sensibilidad a la insulina, la metformina puede ayudar a reducir estos efectos y a regular el ciclo menstrual.

También se han estudiado los posibles efectos de la metformina sobre el envejecimiento y la longevidad. Si bien los primeros hallazgos son interesantes, aún no hay evidencia concluyente de que ralentice el envejecimiento en humanos, y no está aprobada para ese fin.

Algunas investigaciones sugieren que la metformina puede tener efectos neuroprotectores, lo que significa que podría ayudar a proteger el cerebro y el sistema nervioso, especialmente con un uso prolongado. Sin embargo, la evidencia es inconsistente y aún se necesitan ensayos clínicos amplios y a largo plazo para determinar si la metformina realmente puede proteger contra la demencia y otras enfermedades neurodegenerativas.

Estos posibles usos resaltan la versatilidad de la metformina, pero también subrayan la importancia de la supervisión médica. La metformina suele ser bien tolerada, pero, como todos los medicamentos, puede causar efectos secundarios.

Los efectos secundarios más comunes son náuseas, malestar estomacal, diarrea, alteraciones del gusto y pérdida del apetito. Estos suelen mejorar con el tiempo o al cambiar a formulaciones de liberación prolongada, que liberan el medicamento de forma más gradual. Tomar metformina con alimentos también puede ser útil.

Otro problema reconocido es la deficiencia de vitamina B12, que se ha observado repetidamente en personas con diabetes tipo 2 que toman metformina. Esto puede deberse a que el medicamento reduce la absorción de vitamina B12 en el intestino.

Con el tiempo, la deficiencia de vitamina B12 puede provocar anemia o neuropatía periférica. La anemia significa que el cuerpo no tiene suficientes glóbulos rojos sanos para transportar oxígeno adecuadamente, mientras que la neuropatía periférica se refiere al daño nervioso, generalmente en las manos o los pies, que puede causar hormigueo, entumecimiento, dolor o debilidad.

Un efecto secundario poco frecuente pero grave es la acidosis láctica, una acumulación peligrosa de ácido láctico en la sangre. Si se acumula en exceso, puede acidificar la sangre peligrosamente y, si no se trata, puede provocar insuficiencia orgánica.

Esto es más probable en personas con problemas renales o hepáticos graves, por lo que es importante un seguimiento regular. Los profesionales sanitarios también pueden recomendar suspender temporalmente la metformina antes de ciertos procedimientos médicos o si el paciente se encuentra gravemente enfermo.

Durante décadas, el consejo fue sencillo: empezar con metformina. Sin embargo, en 2026, el Instituto Nacional para la Excelencia en la Salud y la Atención (NICE, por sus siglas en inglés) actualizó sus directrices para la diabetes tipo 2, lo que indica un cambio hacia un tratamiento más temprano e intensivo.

Las nuevas directrices recomiendan que a la mayoría de las personas se les ofrezca un inhibidor de SGLT-2, como la dapagliflozina, junto con la metformina desde el principio. Los inhibidores de SGLT-2 son fármacos que ayudan a los riñones a eliminar el exceso de glucosa del cuerpo a través de la orina. Este enfoque no solo busca controlar el azúcar en sangre, sino también proteger el corazón y los riñones en las primeras etapas de la enfermedad, lo que refleja una tendencia general hacia un tratamiento más personalizado.

Eso no significa que la metformina haya quedado relegada. Sigue siendo un pilar fundamental del tratamiento de la diabetes y se sigue recetando ampliamente. Sin embargo, el panorama está cambiando y el tratamiento se está adaptando cada vez más a las necesidades individuales.

Aunque la metformina es un medicamento antiguo, sigue adaptándose a la medicina moderna. A medida que la atención de la diabetes se vuelve más personalizada y surgen nuevas opciones de tratamiento, la metformina sigue siendo una base fiable, asequible y eficaz.

Su historia está lejos de haber terminado. A veces, los medicamentos más revolucionarios no son los más novedosos ni los más llamativos, sino los que resisten el paso del tiempo.

Fuente: Science Alert.

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