En 1950, dos investigadores notaron algo que no cuadraba del todo. Hector Chevigny, un escritor que había perdido la vista en la edad adulta, y el psicólogo Sydell Braverman estaban estudiando la vida psicológica de las personas ciegas cuando se toparon con un patrón intrigante: la esquizofrenia, una enfermedad mental grave que afecta a personas de prácticamente todas las sociedades conocidas, parecía estar completamente ausente en las personas que habían sido ciegas de nacimiento.
Esta observación permaneció prácticamente ignorada durante décadas, debido al conocimiento limitado de la enfermedad y a la falta de datos de los pacientes. Luego, a principios de la década de 2000, las grandes bases de datos sanitarias nacionales permitieron a los investigadores realizar un seguimiento de poblaciones enteras desde el nacimiento hasta la edad adulta, y el patrón se confirmó.
La evidencia más rigurosa proviene de un estudio poblacional realizado en 2018 que siguió a casi medio millón de niños nacidos en Australia Occidental entre 1980 y 2001. De ellos, 1.870 desarrollaron esquizofrenia, pero ninguno de los 66 niños con ceguera cortical la desarrolló.
Si bien la muestra de niños ciegos es pequeña, este patrón se mantiene a lo largo de más de 70 años de evidencia: nunca se ha reportado un solo caso de esquizofrenia en personas ciegas de nacimiento. La protección parece ser específica de la ceguera cortical, causada por daños en la corteza visual del cerebro.
Las personas que pierden la vista en la edad adulta, o cuya ceguera se debe a daños en los ojos y no en el cerebro, también pueden desarrollar esta afección. Esto deja claro que la ceguera en sí misma no es el factor determinante, sino algo específico del cerebro visual.
Esto puede parecer extraño. La esquizofrenia se asocia más comúnmente con oír voces o tener creencias inusuales, no con problemas de visión. Pero la explicación no reside en lo que la gente ve, sino en cómo el cerebro utiliza la visión para comprender el mundo.
Actualmente, los científicos entienden la esquizofrenia como, al menos en parte, un trastorno de predicción. El cerebro genera constantemente expectativas sobre su entorno y las contrasta con las señales sensoriales. En la esquizofrenia, este proceso parece fallar. Se da demasiada importancia a las señales débiles o aleatorias. Las coincidencias se perciben como significativas. Los pensamientos pueden parecer provenir de fuera de uno mismo. La frontera entre la imaginación y la realidad comienza a desdibujarse.
Una cuestión de predicción
La visión desempeña un papel fundamental en el desarrollo de este sistema, especialmente durante la infancia. La corteza visual es una de las regiones más grandes y con mayor conectividad del cerebro, involucrada no solo en la visión, sino también en el aprendizaje, la atención y las emociones. Cuando no recibe estimulación desde el nacimiento, el cerebro se desarrolla de manera diferente. Estudios de neuroimagen muestran que, en personas con ceguera cortical congénita, esta área suele reasignarse a tareas como el lenguaje, la memoria y el razonamiento.
Algunos investigadores creen que esta reorganización temprana podría ofrecer una especie de protección. Sin la información visual que genera un flujo constante de señales ambiguas o impredecibles, el cerebro podría adoptar formas más estables de interpretar el mundo, reduciendo el riesgo de las predicciones erróneas que caracterizan la esquizofrenia.
El momento en que ocurre es crucial. Perder la visión en la edad adulta, incluso durante la infancia, no parece ofrecer la misma protección. Para entonces, el cerebro ya ha sido moldeado por años de experiencia visual.
Nada de esto sugiere que la ceguera pueda ser una protección práctica contra la esquizofrenia. Pero sí abre nuevas perspectivas sobre la enfermedad y, potencialmente, nuevas formas de tratarla.
La mayoría de los tratamientos actuales se centran en la química cerebral, en particular en el sistema dopaminérgico. Estos fármacos ayudan a muchas personas, pero no son efectivos para todos y pueden tener efectos secundarios importantes. Si la esquizofrenia se relaciona en parte con la forma en que el cerebro aprende a predecir e interpretar la realidad, entonces los tratamientos futuros también podrían abordar la percepción, el aprendizaje y cómo el cerebro sopesa la información incierta.
Actualmente, se están investigando fármacos que actúan sobre el glutamato, una sustancia química cerebral implicada en el aprendizaje y la comunicación entre las células nerviosas. Los sistemas glutamatérgicos son particularmente activos en la corteza visual y en los circuitos que ayudan al cerebro a filtrar la información importante de la que puede ignorarse. Estos tratamientos no se basan en la ceguera en sí, sino en lo que la ceguera congénita revela sobre el desarrollo de un cerebro estable y bien organizado.
Este campo aún se encuentra en una etapa temprana. Sin embargo, se espera que, al comprender mejor el desarrollo cerebral desde sus inicios, los científicos puedan algún día encontrar maneras de reducir el riesgo de esquizofrenia o prevenir que se manifiesten sus formas más graves. Casi un siglo después, la curiosa observación que Chevigny y Braverman hicieron accidentalmente sigue influyendo en la forma en que los científicos piensan sobre una de las afecciones médicas más complejas y menos comprendidas.
Fuente: Medical Xpress.
